Educación sanitaria y promoción de la salud

La educación sanitaria escolar puede capacitar a los niños para tomar decisiones favorables a la salud y para adoptar comportamientos saludables a lo largo de su vida. Los conocimientos y las actitudes relacionados con la salud no sólo aumentan el bienestar de los escolares, sino que también les permiten ayudarse a sí mismos, a sus amigos, a su familia y a la comunidad. Mucho de lo que aprenden los niños en la escuela sobre nutrición, higiene, saneamiento y modos de vida sanos llega a conocimiento de su familia y su comunidad. Escolares de todo el mundo han demostrado ser buenos maestros de sus mayores que no han podido beneficiarse de una instrucción básica acerca de lo que constituye una vida sana.

No sólo la educación sanitaria favorece la salud, sino que se ha demostrado que la escolarización por sí misma tiene en todas partes una poderosa influencia en la salud.

Su impacto se ve claramente reflejado en los beneficios que aporta a la salud materno-infantil. Las mujeres alfabetizadas tienden a casarse más tarde y a usar más a menudo métodos de planificación familiar. Un solo año de escolarización es suficiente para que las madres presten mayor atención a su propia salud y a la de sus hijos, y acudan con mayor prontitud en busca de atención médica en caso de necesidad (Banco Mundial, 1993:43).

En los países del tercer mundo, por lo general son los agentes de salud comunitarios (ASC) los encargados de la educación sanitaria en la comunidad. Los ASC –denominados en algunos países agentes de salud voluntarios, guías sanitarios rurales (India), responsables sanitarios (Indonesia) o trabajadores de salud de la comunidad (Etiopía)– son hombres y mujeres escogidos por la comunidad y formados para hacer frente a los problemas de salud de sus miembros trabajando en estrecha relación con los servicios de salud. Por lo general poseen un nivel de instrucción elemental, es decir, saben leer, escribir y hacer cálculos matemáticos sencillos (OMS, 1987:439). Los ASC pertenecen al mismo tiempo a la comunidad y al sector sanitario, por lo que ponen de manifiesto el principio de la participación comunitaria de la atención primaria de la salud.

Por lo general, las responsabilidades de estos auxiliares comprenden la enseñanza de temas relativos a la higiene, nutrición, planificación familiar, salud infantil e inmunizaciones, además de la prestación de algunos servicios sanitarios básicos y la detección y remisión de casos a los Centros de Salud. Los agentes muestran más dedicación cuando prestan servicios a la comunidad en la cual residen y, por otra parte, la participación de agentes de ambos sexos es esencial en algunas comunidades, sobre todo para el éxito de los programas de planificación familiar y de prevención de enfermedades de transmisión sexual (Banco Mundial, 1993:148). Una educación sanitaria efectiva depende de las capacidades de los trabajadores sanitarios y de los métodos que utilizan, por lo que la formación de los ASC debe incluir los métodos básicos de educación de adultos.

En el pasado, la educación sanitaria era vista como un medio para cambiar la conducta individual relacionada con la salud, y por lo tanto estaba confinada principalmente a impartir información a receptores pasivos, a veces culpando a las personas por los problemas causados por su medio o por su comportamiento. Por ejemplo, algunas madres de niños con diarrea eran acusadas de no hervir el agua para beber, y otras con niños malnutridos eran amonestadas por no proporcionarles una dieta equilibrada. La educación sanitaria tendía a prestar poca atención a las causas subyacentes de la salud precaria, como la discriminación de mujeres y niñas, las desigualdades en la distribución y acceso a los recursos, el desempleo, la vivienda inadecuada, el saneamiento insuficiente, y los numerosos factores económicos, sociales y culturales que crean la pobreza y perpetúan la salud precaria. Además, ha fallado al no tener en cuenta la importancia de construir y alimentar la autoestima y la confianza de las personas en sí mismas.

Por el contrario, la educación sanitaria tiene como objetivo incidir sobre los comportamientos. En este sentido, debe tener en cuenta las percepciones, creencias y prácticas de la gente, prestando especial atención al papel de la mujer en la comunidad. Además, los métodos y materiales educativos deben tener sensibilidad cultural y relativa al género, y usar un nivel de lenguaje comprensible y adecuado para el grupo.

Las distintas sociedades difieren en sus prácticas tradicionales y creencias con respecto a las enfermedades. Estas prácticas son a veces inofensivas, como la de poner paños húmedos sobre el cuerpo de un niño con fiebre, a la vez que otras pueden ser dañinas, como la de privar de comida a un niño con sarampión (ver medicina tradicional). La educación sanitaria debe apoyar y alentar aquellas practicas beneficiosas existentes, y desalentar aquellas que son dañinas. Para ser efectiva, la educación sanitaria debe responder a las necesidades particulares de la población a la que va dirigida. Por ejemplo, el contenido, el nivel y el énfasis en la educación sobre el VIH/sida cambiará según el grupo al cual va dirigida la información, sean parejas estables, adolescentes, prostitutas, inmigrantes, personas analfabetas, etc.

La educación sanitaria también puede ser incorporada a actividades que no se centran específicamente en la salud. Tanto los textos de diferentes disciplinas en el colegio como los textos de programas de alfabetización para adultos pueden incluir mensajes sobre salud en la comunidad local que, además de informar, estimulan el debate y la concienciación. También, involucrar a la agente en la producción de sus propios materiales refuerza el aprendizaje a la vez que favorece la producción de materiales relevantes y culturalmente apropiados.